EN  EL  PAÍS  DE  LOS  SORDOS

En el país de los sordos. . .
Los perdedores no aceptan su realidad.
Los ganadores son ciegos para ver a los perdedores.
En el país de los sordos. . .
Las verdades de unos viajan vertiginosas hacia agujeros negros.
Las certezas de otros se pierden en ecos confusos.
En el país de los sordos. . .
Cualquier palabra tiene valor.
Los que ponen su precio, también son sordos.
En el país de los sordos. . .
No se escuchan los crujidos de vientres hambrientos.
No se ven los gestos demacrados por la desigualdad de oportunidades.
No se siente como propio el dolor de los que sufren.
En el país de los sordos. . .
Hay niños.  Hay niños que se miran en el espejo de los adultos.
Hay niños que están creciendo, creyendo que ser sordo es lo natural.
Hay niños tristes, decepcionados. -¿Así es la vida?- pronuncian a gritos no escuchados.
En el país de los sordos. . .
Hay exclusión de lo ajeno.
Hay expulsión de lo diferente.
En el país de los sordos. . .
Se desconoce el placer de aceptar un consejo.
Hay des-conocimiento. Hay des-entendimiento. Hay des-unión. Hay des-esperación.
En el país de los sordos. . .
Todos parten de la misma estación y sus trenes arman un abanico de vías que conducen al desencuentro.

 

En el país de los sordos. . .
No todo tiene que estar perdido.

En el país de los sordos. . .
Se puede hallar un nuevo lenguaje si tenemos voluntad de hacerlo.
¿Señas? ¿Gestos? ¿Miradas? ¿Caricias?. . .  No sé.
¿Dibujos? ¿Pinturas?. . . Tal vez, no sé. 
No sabemos pero queremos aprender. Aprender a crear juntos. Que nazca lo creativo.
Lo creativo entre todos, la creación de cada uno entretejiéndose con otras creaciones.
Una red creativa que sostenga, que cobije; con fuertes hilos que se anuden en acuerdos.
O en desacuerdos.  Pero no de los que desarman los tejidos, sino los que enriquecen por darle a la trama multiplicidad de color y textura.

En el país de los sordos. . .
Sólo hay que empezar. ¡Comencemos, entonces!
Este es nuestro hilo.  Lo ofrecemos para quienes se acerquen para armar esta red.
                                                                                  

Graciela Galilea

 

En estas hermosas letras vemos todos los movimientos de la enfermedad: la exclusión, la expulsión, la sordera, la pérdida de sentido, como así también el des-conocimiento, el des-entendimiento,  la des-unión, y por último la des-esperación.

Los médicos tenemos la obligación de transformarnos en maestros y dirigir la cura produciendo movimientos de inclusión, escucha, búsqueda de sentido, aportar el conocimiento y el entendimiento para propiciar la unión y lograr despertar una nueva esperanza para la mejor convivencia con la salud.

 

Dr. Sergio M. Rozenholc