Intimidad...  Un territorio perdido

 

Julián  es un señor viudo, de 74 años, que me consulta hace 5 años con un diagnóstico de cáncer de próstata. A la consulta lo trae su hijo y dice que el padre desconoce que padece un carcinoma, aunque lo que sí sabe, según  informa, es que padece de una hipertrofia de próstata. El hijo no confía en la medicina convencional,  es por esa situación que se produce la consulta médica homeopática. Me pide el hijo que conserve el secreto. En ese momento prefiero no contestar y me dedico a tomar la historia clínica.
Dice Julián:  “soy muy vehemente, activo, impulsivo y he sido un gran trabajador. Ahora estoy jubilado y  no estoy feliz por el momento de mi vida que estoy pasando.
He sufrido mucho por la pérdida de mi esposa ya hace 5 años, todavía me pregunto cómo fue que me dejó de acompañar alguien que estuvo conmigo casi 35 años. Es un poco duro, pero lo estoy tratando de  superar”.
Cuando le pregunto por su carácter, me repite que es impulsivo, rencoroso,  muy violento cuando divisa la injusticia,  “posiblemente hasta llego a ser anárquico”. “Soy un lobo solitario, me cuesta compartir. Soy muy culposo, me cuesta hablar de mi intimidad y soy de guardar mucho las cosas y no contárselas a nadie. Sufro mucho por dentro y te reitero, lo hago en soledad. Soy de carácter fuerte y muy rencoroso,” vuelve a decir.
“Muchas veces tengo tanta bronca. . . y soy incapaz de sacarla, tal es así que mis amigos me dicen que por mi forma de ser parezco un  lord inglés.
Tengo vértigo en lugares altos. Padezco de la enfermedad de Paget.”
Entre las aversiones alimenticias, la más importante que describe  es la náusea que le produce el olor de la leche con solo  acercarse a la misma y por supuesto, que no la toma.
“Me levanto de noche, a cada hora para orinar y es algo que me molesta mucho.
Soy constipado, tengo inflamación gástrica. Antes de que se muriera mi mujer me gustaba mucho bailar, pero cuando ella desapareció de mi vida, este deseo desapareció.”
Era interesante de ver en Julián,  sus escleróticas azules  y manchas café con leche en su cuerpo, cosa que advertí  recién en la segunda entrevista. En el laboratorio, lo más destacable para el paciente, era el aumento significativo del antígeno prostático y su fracción libre.
El paciente que tiene un padecimiento, con su diagnóstico de cáncer, presenta lo que llamamos en la jerga médica, un tumor.  Pensando en el origen etimológico que nos brinda el diccionario de Corominas,  esta palabra  deriva de hinchazón, de orgullo.
Pareciera que hubiera como una especie de herida en su territorio íntimo, la próstata pertenece a esta esfera, ya que su mujer ya no lo acompañaba por este camino, que no es otro que el de la vida.
Posiblemente la enfermedad de este paciente y su vida, en este momento de su historia, sean la misma cosa. Cuando le pregunté, como frecuentemente hago en la consulta, qué sensaciones lo acompañaban, el paciente no pudo contestar nada en relación a mi inquietud, ya que la conducta era anárquica, propia del órgano enfermo (próstata).
Esta comprensión de su problemática la pude concretar luego del tercer mes de tratamiento, puesto que durante los primeros dos meses fue medicado con Staphysagria y había conseguido que dejara de  orinar de noche a cada hora, pero en realidad no había sido una buena prescripción porque solo modificó los síntomas orgánicos y ninguno más.
En la tercera consulta, por primera vez luego de una larga y prolongada charla, me comenta:  “de los secretos familiares, no quiero hablar, son cosas muy íntimas; esos me los llevaré a la tumba como lo hizo mi mujer.  Le respondo que  si ese era su deseo, se lo voy a respetar. Es ahí donde comencé a replantear el caso, me propuse retomar la historia y me hice este esquema en el cual tomé los siguientes síntomas y me dispuse a trabajar sobre ellos:

  1. Pactos secretos
  2. Pérdida del territorio íntimo
  3. Manchas café con leche en el cuerpo
  4. Escleróticas azules
  5. Bailar

 

El cuadro trazado y retomado, cobra importancia  a partir de que regresa una necesidad muy primitiva en la historia, que es la de ir a bailar todos los fines de semana, cosa que el paciente había realizado a lo largo de su vida de pareja. Comenta que es una de las cosas que más disfruta en la vida y que la hace desde su más tierna infancia. Le indico un medicamento que se denomina Carsinosinum y lo vuelvo a ver a los tres meses.
Julián ya no era el mismo, había producido un cambio en su vida ,significativo en todos los niveles. En lo afectivo,  logró relacionarse con una mujer a la que denominó compañera de ruta, puso en marcha nuevos proyectos que tenía postergados hace muchos años, su humor comenzó a estar más parejo sin tantos estados depresivos. Me comentaba que estaba más solidario, con mucha necesidad de compartir  y que ya dejó de ser ese lobo solitario. “Ahora necesito intercambiar, salir,  conocer gente”. El laboratorio reveló que el antígeno prostático había descendido significativamente, y logró hablar con sus hijos de un secreto familiar que portaba en lo más profundo de su alma.

Una vez le pregunté a un viejo maestro, cuál era el límite que uno tenía con la medicina homeopática y él, con mucha tranquilidad y serenidad, me contestó: “el que tu propia imaginación te proponga”.

 

 

Dr. Sergio M. Rozenholc