Homeopatizar a Freud

 

        
Cuando finalizaba el año pasado, casi en los últimos ateneos, lo veo al Dr. Bronfman organizando los ateneos para 1997, en ese momento le sugerí el siguiente título: “Homeopatizar a Freud”, con lo cual él estuvo de acuerdo. Este año, cuando llegó a mi poder el programa científico de 1997, observo que hay un cambio de título y dice “Homeopatía a Freud”.
A partir de ese momento, Uds. saben que no creo en las casualidades y menos en este ateneo, comienzo a imaginarme al Dr. Bronfman, casi como en un sueño, diciéndome: “Sergio, mira que Freud no es Marylin Monroe, no lo vas a poder desnudar como hiciste con ella”.
En ese momento me puse a pensar que verdaderamente era mucho más importante la obra de Freud a lo largo de su larga vida, que ponerme a desnudar sus sufrimientos. Debo reconocer que con Marylin  no pude resistir la tentación.
Pero, bueno, hoy voy a meterme con Freud, lo iré tomando en principio por su historia, que es su biografía para poder introducirme en el tema.
Sigmund Freud nació a las 18.30 del 6 de Mayo de 1856 en Freigberg, Moravia, y murió el 23 de Septiembre de 1939 en Londres. Nació con un abundante pelo negro rizado, tanto que su joven madre le puso por mote “mi negrito”.
Había nacido con la cabeza cubierta por una membrana fetal, hecho este que se interpretó como seguro augurio de felicidad y fama, y cuando cierto día una anciana, con quién la joven madre de Freud se topó por casualidad en un comercio de pastas, reforzó esta creencia, informándole que había traído al mundo un gran hombre, la orgullosa y felíz mamá creyó firmemente en la predicción.
De su padre heredó su sentido del humor, su sagaz escepticismo acerca de las inciertas vicisitudes de la vida, su hábito de traer a colación un principio moral apoyándolo en el relato de una anécdota judía, su liberalismo y sus actitudes de librepensador y, quizá también, su propensión a dejarse conducir por su mujer. El padre de Freud se llamó Jacob, era comerciante y murió el 23 de Octubre de 1896.
De su madre le venía, según él mismo decía, su sentimentalismo.
Escribía Freud: “cuando un hombre ha sido el favorito indiscutido de su madre, logra conservar durante toda la vida un sentimiento de vencedor, esa confianza en el éxito, es la que a menudo conduce realmente al éxito”.
Después de las primeras lecciones recibidas de su madre, su padre se hizo cargo de su instrucción antes de mandarlo a la escuela privada. Freud contaba que, desde los 12 años, solía acompañar a su padre en los paseos que solía hacer por los alrededores de Viena. También le gustaba el patinaje, era un gran nadador y caminador.
Recuerda Freud que la única disidencia con el padre parece haberse producido por su afición a comprar libros, que no pudo pagar.
El padre de Freud debió haberlo educado como judío, era un hombre versado en costumbres y fiestas judías, si bien se sabe que la niñera de Freud era católica y profesaba el culto cristiano. Freud retribuyó la instrucción recibida del padre ayudando, a su vez, a criar a sus hermanos, inclusive funcionando como seleccionador de qué tipo de literatura debían leer.
No cabe duda de que el joven Sigmund vivía por sus estudios y era un gran trabajador. La lectura y sus estudios parecen haber llenado la mayor parte de su vida. También tenía este joven una notable aptitud para los idiomas, además de su completa familiaridad con el latín y el griego, tuvo un conocimiento cabal del francés y del inglés. Aprendió también por su cuenta italiano y español, naturalmente, en su casa se le había enseñado el hebreo. La primera lectura de Shakespeare fue a la edad de 8 años.
Sufrió el antisemitismo que imperaba en Viena en esos momentos, lo cual le produjo sufrimientos de varios tipos.
En una carta que escribió a la edad de 41 años, Freud nos dice en relación con la elección de su carrera: “después de 41 años de actividad médica, mi autoconocimiento me dice que yo no he sido nunca un médico en el buen sentido de la palabra. Me he hecho médico al verme obligado a desviarme de mi propósito original, y el éxito de mi vida consiste en el hecho de que, luego de una larga jornada que presentó un rodeo, he vuelto a encontrar el camino que me condujo a mi senda primera. No tengo noticias de haber tenido en mis años tempranos ansia alguna por ayudar a la humanidad doliente. Mi disposición al sadismo no era muy fuerte, de modo que no tuve necesidad de esta inclinación que era uno de los derivados. Tampoco me dio por jugar al doctor. Mi curiosidad infantil buscó evidentemente otros caminos. En mi juventud había sentido la incontenible necesidad de comprender algo de los enigmas del mundo en el que vivimos y de contribuir en algo, acaso, a su solución. Lo único que más esperanzas parecían conceder en cuanto a la realización de esto era inscribirme en la facultad de medicina. Pero después de eso continué experimentando aún, infructuosamente, con la zoología y la química, hasta que por último, bajo la influencia de Brücke (la más grande de las autoridades que tuvieron influencia sobre mí) me afinqué en la fisiología, si bien esto, por aquellos tiempos, no pasaba de los estrechos límites de la histología. En esa época ya había aprobado todos mis exámenes médicos, pero no demostré ningún interés en hacer nada relacionado con la medicina, hasta el día en el que el maestro a quien profundamente respetaba me hizo la advertencia de que en vista de mis reducidas posibilidades materiales no me sería posible de ningún modo dedicarme a una carrera puramente teórica. Así fue cómo pasé a la histología del sistema nervioso, a la neuropatología, y más tarde, bajo la incitación de nuevas influencias, llegué a ocuparme de la neurosis. Me siento poco inclinado a creer, sin embargo, que mi carencia de auténtico temperamento médico haya causado mucho perjuicio a mis pacientes. Porque no constituye una ventaja muy grande para los pacientes que el interés terapéutico de los médicos en cuanto a los métodos que emplean llegue a alcanzar un tono afectivo exagerado. Hay más ventaja para ellos que el médico realice su tarea fríamente y, si es posible, con precisión”.
Me parece que esta carta es muy elocuente y describe de su puño y letra este período de su vida.
A esta altura, a nadie sorprendería que la carrera médica, iniciada de una manera tan poco ortodoxa, se desarrollara luego en una forma irregular y excesivamente larga: Freud tardó en realizar sus estudios de medicina, en efecto, tres años más de lo necesario. Sus colegas le recriminaban su tardanza pero no se retrasaba por vago sino, por abordar profundamente diferentes temas que mostraba interés. Su gran maestro fue el eminente fisiólogo de la época, Brüche, pues Freud ingresó en el instituto en calidad de alumno investigador. Cuando se reúne un consejo de notables para proponerlo como profesor, Brücke lo describe de la siguiente manera: “El Dr. Freud es un hombre de buena cultura general, de carácter tranquilo y serio, un trabajador excelente en el campo de la neuroanatomía, de fina destreza, visión clara, vastos conocimientos, un cauteloso método para la deducción y dotado del talento de la expresión escrita bien organizada. Sus hallazgos gozan de aprobación y confirmación. Su estilo en las conferencias es transparente y seguro. La condición de investigador científico y del docente bien dotado se une de tal manera en él que la comisión hace al honorable colegio la sugestión de que sea admitido en las ulteriores pruebas de aptitud”.
La votación de su aceptación fue 21 contra 1 en contra. Tuvo que pasar por varios problemas antes de conseguir una beca, pero fue en 1885, un año de éxito cuando logra el propósito de visitar a Charcot en París y pudo presentarse como “privat docent” en neuropatología.
Un episodio interesante en la vida de Freud es el de la cocaína. Para eso también me voy a valer de una carta de Freud que dice: “Aquí puedo retroceder un poco y explicar cómo fue, por culpa de mi prometida que yo no llegué a ser famoso siendo joven. Un interés colateral, aunque profundo, me condujo en 1884 a obtener de Laboratorios Merck una pequeña porción de cocaína, alcaloide poco conocido, y me puse a estudiar su acción fisiológica.
Cuando me hallaba en medio de esta tarea, se presentó la oportunidad de hacer un viaje para visitar a mi novia, de la que estaba separado hacia 2 años.
Apresuradamente, di término a la investigación sobre cocaína, contentándome con anotar en mi libro sobre el tema la afirmación profética de que pronto se habría de encontrar nuevas aplicaciones. Sugerí, sin embargo, a mi amigo Konigstein, el oftalmólogo, que investigara hasta qué punto las propiedades anestésicas podrían ser aplicadas en las enfermedades del ojo. Cuando volví de mis vacaciones, me encontré con que no él, sino otro de mis amigos, Carl Koller, a quién yo también había hablado acerca de la cocaína, había hecho experimentos decisivos sobre ojos de animales y había presentado sus comprobaciones en el Congreso de Oftalmología de Heidelberg. Koller es considerado por esto, con razón, el descubridor de la anestesia local con cocaína, que tan importante ha llegado a ser en el campo de la cirugía menor. Pero no guardo ningún resentimiento contra mi novia por haber interrumpido mi trabajo”.
El joven Freud por aquellos tiempos era una verdadera amenaza pública, suministraba cocaína a su novia, amigos, etc. y les sugería que por el momento no tenía ningún tipo de contraindicación. La usaba contra la depresión, contra la indigestión, con el más brillante de los éxitos. Hay un caso que recuerdo que Freud relata: Fleish, célebre médico, tenía una grave adicción a la morfina, Freud comenzó a suministrarle cocaína con la esperanza de que pudiera prescindir de la morfina y así fue con mucho éxito. Más o menos para junio de 1885, comenzó a darse cuenta del tema de la adicción. Entre sus grandes maestros, Freud nos habla del francés Jean Mari Charcot y de Joseph Brener. Estos dos personajes son los que le anteceden con la hipnosis al método de asociación libre que más tarde Freud dio en llamar psicoanálisis.
En 1910, Freud en las conferencias que da en EE.UU. dice que el psicoanálisis nació con el siglo XX. El inconsciente era, ya tiempo atrás, como concepto teórico, objeto de disensión entre los filósofos, pero en los fenómenos de hipnotismo se hizo por vez primera corpóreo, tangible y objeto de experimentación. El método catártico es el antecesor del psicoanálisis. Va a definir el psicoanálisis como:
1 - un método para la investigación de procesos anímicos incapaces de ser accesibles de otro modo
2 - un método terapéutico de perturbaciones neuróticas basadas en la investigación
3 - una serie de conocimientos psicológicos así adquiridos que van constituyendo paulatinamente una disciplina
Freud tiene una extensísima literatura escrita:
1893/5 Estudios sobre la histeria
1900 La interpretación de los sueños
1901 Psicopatología de la vida cotidiana
1901 Caso Dora (es el fragmento del análisis de una histeria)
Tres ensayos de teoría sexual
1905 El chiste y su relación con el inconsciente
1906 El delirio y los sueños en la GRADIVA de W. Jensen
1906/8 El caso del pequeño Hans - fobia - El hombre de las ratas
1909/10 Cinco conferencias sobre psicoanálisis
             Un recuerdo infantil de Leonardo Da Vinci
1911 Sobre un caso de paranoia (Schreber)
1913 Tótem y tabú
1914 Introducción al psicoanálisis
1917 El hombre de los lobos
1920 Más allá del principio del placer
1923 El yo y el ello
1925 Inhibición, síntoma y angustia
1927 Porvenir de una ilusión
1937 El Moisés y la religión monoteísta
A esta altura, Uds. se preguntarán por qué traigo a Freud a este recinto. Tal vez pueda parecer una osadía la ocurrencia de plantear las ideas que desde hace muchos años llevo en mi mente, es que la homeopatía y el psicoanálisis tienen muchas más coincidencias que disidencias.
Voy a tratar de hacer una analogía, si puedo: Samuel Christian Hahnemann nace el 10 de Abril de 1755 en una de las regiones más hermosas y sajonas de Alemania. Cien años más tarde vino al mundo Sigmund Freud, el 6 de Mayo de 1856 en Freigberg, Austria, uno de los más lindos bosques de ese país.
Los dos tenían una intuición lingüística acuñada, hablaban varios idiomas.
El conocimiento de idiomas les permitía a ambos hacer traducciones, lo cual les generaba un marco de subsistencia.
Hahnemann era químico y farmacéutico, descubridor del famoso catamiento de vinos. Freud era biólogo, neurólogo y fisiólogo.
Hahnemann en una carta fechada en 1808, a Hufeland, dice en un párrafo: “mi conciencia estaba susceptible de tratar a mis hermanos con medicamentos desconocidos”. En un sentido parecido, Freud le escribe a Fliess de Berlín: “me gustaría ser un doctor, como dice la gente, un artífice en curar, un médico para entender a los semejantes, lamentablemente no lo soy, tú lo sabes”. Antes de esta carta le había escrito: “yo no aprendí lo suficiente para ser médico”.
Los dos tenían temperamentos muy agresivos y eran muy obstinados, defendían sus posturas de manera celosa y eficaz.
El germen del descubrimiento parecía florecer de estas dos almas, en Hahnemann, con respecto a su descubrimiento, fue un autoensayo: la prueba con quina, Freud, por otra parte, en 1880, puso en marcha la prueba de la cocaína. Se relaciona este episodio con el descubrimiento del psicoanálisis.
Bernfeld relaciona, en forma directa, que los estudios de cocaína ponen en marcha el primer encuentro científico con la neurosis.
Ambos tienen durante sus pruebas lo que Ellen Berger llamó “una enfermedad creadora”. Una enfermedad creadora obedece a un período de ocupación intensa con una idea y con una búsqueda de una verdad determinada. Es una condición polimorfa, la cual puede adoptar la forma de una depresión, una neurosis, dolores psicosomáticos o incluso una forma de psicosis. El porqué de un síntoma la experimentarán los enfermos como algo doloroso, o sino como un tormento, períodos de mejoría y empeoramiento. Durante la enfermedad nunca pierde el enfermo el hilo conductor de su idea. Se pone dé acuerdo con el ejercicio normal de la profesión y una vida familiar estable.
El año de creación de la homeopatía: 1796 y el año de creación del psicoanálisis: 1896.
Se pueden observar otras similitudes: tanto Hahnemann como Freud eran masónicos, poseían una condición libre de prejuicios hacia la religión, los dos tenían un cuidado muy especial por su cultura teórica.
Hahnemann cuando escribió “enfermedades crónicas”, provocaba sorpresa y espanto, y el rechazo de muchos colegas de la época. Fue y es muy difícil para muchos digerir la teoría del miasma. Freud también sufrió el embate de toda una sociedad cuando escribió sus tres ensayos para una teoría sexual.
Pensaba: cuánta soledad en esta lucha, cuánto había que romper, cuántas barreras que atravesar, los dos, casi a los 40 años de sus vidas, mientras Hahnemann luchaba contra toda la ciencia médica que sostenía en la formación alopática tradicional “contraria contrari curanters”, las sangrías de la época, a él nadie le enseñó, sólo él soñó con el “similia similimum curentur”, y Freud, luchando contra la psiquiatría del electroshock, de las curas termales. Cómo explicar que el inconsciente también existe. Fue Samuel C. Hahnemann el primero que vio al ser humano como una unidad psicobiológica y no como la suma de las partes, y para ayudarlo, lo hizo con una filosofía específica del hombre y cuando pensó que los síntomas de los pacientes eran la expresión de un todo, entendió que era el desequilibrio dinámico de la fuerza vital.
Fue Sigmund Freud el que abordó el psiquismo tomando como vías de acceso a los más profundo del inconsciente aquello que llamó actos fallidos, lapsus, sueños, (no serán más equivalentes a los llamados Key Notes).
No terminan acá las analogías o semejanzas: Hahnemann proponía en la toma del caso, una escucha con mucha paciencia, no los interrumpía mientras relataban sus sufrimientos y dolencias, quería que cada enfermo explicara con sus propias palabras sus sufrimientos.
Freud postulaba lo que denominaba atención flotante en la escucha de los sufrimientos de un paciente sin interrumpirlo y luego proponía devolver una interpretación de dicho discurso, con el objeto de hallar y dar sentido al discurso del paciente.
Elizabeth Wright comparaba la anamnesis homeopática con una placa fotográfica y yo agrego que el negativo era lo que intenta recobrar el analista.
Qué esperaba Hahnemann en sus pacientes era el regreso de muchas veces lo suprimido y los obstáculos a la curación.
Qué esperaba Freud al vencer esas resistencias para que aparecieran sostenidos esos recuerdos infantiles tan penosos.
Hahnemann pasó por el denominado autoensayo o patogenesias de muchos medicamentos y recomendaba a los médicos homeópatas que la experimentación es una muestra de un aprendizaje no conquistable de otra manera (patogenesia).
Freud estuvo sometido al autoanálisis durante mucho tiempo y percibió en lo que se denominó formación de psicoanalistas la experiencia para todo aquel médico que quiera ejercer el psicoanálisis.
Hahnemann sostuvo que uno de los pilares de la teoría homeopática (la ley de semejanzas o similitud) que es toda aquella sustancia que a dosis infinitesimales pueda reproducir la enfermedad en el hombre sano, será pueda reproducir la enfermedad en el hombre sano, será capaz de curar al hombre enfermo.
Freud nos trajo el término transferencia que designa en psicoanálisis el proceso en virtud del cual los deseos inconscientes, se actualizan sobre ciertos objetos dentro de un determinado tipo de relación establecida con ellos y de un modo especial dentro de la relación analítica.
Se trata de repetición de prototipos infantiles vivida con un marcado sentimiento de actualidad.
Siguiendo con las analogías, Hahnemann nos regala esta piedra preciosa: “para curar usamos sustancias que, en realidad no son sustancias, pero que parecen traer un mensaje de la sustancia primitiva que a través de la potencia tenga lugar un vaciamiento de lo concreto, algo así como al suprimir su carácter nos trae un verdadero mensaje”.
Respecto de Freud, una interpretación vendría a ocupar un lugar vacío de contenido por desplazamiento y condensación o por metafórico o metonímico.
Hahnemann nos va a mostrar en la cura cómo hay retorno de lo suprimido y que durante el tratamiento lo vamos a ver como si fuera una película que se pasa en el sentido inverso, sin embargo, nos dice Hahnemann, “hay obstáculos a la curación”.
Esto en Freud se ve en un análisis: cómo paulatinamente van apareciendo las situaciones infantiles regresivamente porque si no es posible la cura. En otro momento, Freud nos va a decir que el análisis es el análisis de la resistencia.
Es Hahnemann el que cuando tiene que hablar de lo heredado va a introducir la teoría de los miasmas.
Esto mismo Freud lo va a sostener en las series complementarias en las que dice que hay un porcentaje de lo heredado importante y otro de las experiencias infantiles y esto va a ser lo posible de modificarse en una terapia.
Es interesante pensar que cuando Hahnemann va a describir los miasmas comienza por la psora para luego abordar la sicosis y la siphylis. Y Freud tanto en su primera tópica para explicar el modelo de funcionamiento del aparato psíquico va a describir 3 círculos: consciente, preconsciente e inconsciente, como en la segunda tópica describe 3 instancias: yo, ello y superyó.
Es interesante el hecho que ni Freud ni Hahnemann aceptaban tener antepasados intelectuales, sino que se creían verdaderos descubridores de tierras vírgenes.
Hay una piedra angular en lo que la Homeopatía propone que es respetar el discurso de nuestros pacientes con el lenguaje que expresan sus sentimientos para poder referirlo a la patogenesia.
En Psicoanálisis, se sabe que lo que Freud llamó el inconsciente, está estructurado como un lenguaje y que lo que se denomina significante, nos va a remitir a otro significante.
¿Qué es lo que quiero decir con esto?
Que aunque, la homeopatía tome en el discurso manifiesto de un paciente, los síntomas raros, extraños y peculiares que conectan con el sufrimiento profundo, el psicoanálisis nos va a mostrar a través de los lapsus, actos fallidos, sueños, chistes, la vía regia de acceso al inconsciente con lo cual nos remite al núcleo profundo del sufrimiento.
Como verán, por diferentes vías de acceso, estas dos disciplinas convergen en el núcleo patógeno desde dos ángulos diferentes para producir lo que Kohut llamó una “interioridad transformada”.
Si en este momento cerrara los ojos y tuviera a estos dos ancianos fumando en una mesa de café, me imaginaría a Sigmund preguntándole a Samuel: ¿me podes ofrecer algo para la rigidez de mi pupila?
Samuel: Phosphurus tal vez te ayude.
Y Samuel preguntándole a Sigmund: ¿de dónde crees que proviene tu rigidez?; ¿qué extraña vinculación tiene con tu pasado?
¿Qué ha pasado con nuestros discípulos? Tanto vos como yo, a lo largo de nuestras obras hemos hecho construcciones y variaciones permanentemente.
¿Por qué nuestros continuadores no han podido sumarle letra a nuestros escritos?
Tal vez no han entendido a los poetas, como los vimos nosotros.

Como podrán ver, cuando expongo algo, traigo a los poetas, hoy propongo que ustedes también los vayan trayendo.

 

 

Dr. Sergio M. Rozenholc